Miércoles, 18 de mayo: Odisea Ciática, finales y principios

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¡Hola, Benjamín!

Hace algunos meses que no te escribo, aunque hace sólo uno desde tu última carta. El tiempo ha pasado de una forma extraña desde entonces.

El camino que emprende un escritor no es muy distinto al del cualquier persona en cualquier otro oficio. La vida es un apostar, una toma de decisiones tras otra, un volcarse en un esfuerzo, mayor en un sentido u otro, pero siempre esperando unos resultados. Y a veces esos resultados son los que esperábamos, otras veces no; otras llegan antes o más tarde, o no llegan nunca. Y, en consecuencia, podemos sentirnos decepcionados o entusiasmados, moderadamente alegres o hartos, mandarlo todo a paseo o, en esta locura sin fin, decidir que hay que seguir, seguir y seguir y seguir.

La diferencia con otros oficios reside (no tengo que decírtelo) en que normalmente si uno dedica tanto esfuerzo como requiere (o yo creo que requiere) la literatura, obtiene unos resultados más o menos inmediatos y tangibles: recibe un sueldo y cotiza a la seguridad social, que no es poco, e incluso puede que le hagan fijo o le asciendan. La literatura (la mayoría de las veces), en lo material ofrece demasiado poco en comparación con todo lo que hay que dedicarle. Y, desde luego, no es algo estable.

Si yo me hubiera machacado cinco horas de media diarias preparándome unas oposiciones desde que en septiembre de 2013 me quedé en paro, tal vez ahora tendría un trabajo en la administración pública con una relativa tranquilidad hacia el futuro, tiempo libre y un sueldo que, junto con el de mi pareja, nos permitiría comprarnos más de un capricho, viajar una vez al año al extranjero y salir todos los fines de semana a comer y a cenar fuera. Mi calidad de vida, aunque con una espinita dentro, sería mejor.

En el peor de los casos tendría una base para presentarme a otras oposiciones. O me conocería la Constitución del 78 de pe a pa y en las comidas de familiares y amigos siempre podría enriquecer los temas de conversación comentando tal o cual artículo y su divertido incumplimiento sistemático por parte de nuestros gobernantes.

Si hubiera decidido estudiar una FP ahora estaría a punto de obtener mi título y estaría igualmente ilusionado con el futuro ante nuevas posibilidades laborales.

Pero ¿por qué digo todo esto?

Bueno, estos últimos meses he pasado muchas horas sentado escribiendo y corrigiendo, intentando terminar una nueva recopilación de relatos y dando los toques ¿finales? a esa “Autotomía” de la que todavía no quiero hablar hasta que no vea en la calle. Pero hay más.

Una soleada mañana de principios de febrero, decidí que tenía habilidades innatas para reparar un termo eléctrico que había decidido morir cuando las noches eran particularmente frías. Consideré, al mismo tiempo, que un poco de ejercicio descontrolado le podía hacer mucho bien a mi hernia, que ya por entonces empezaba a mandar mensajes cariñosos a mi nervio ciático. Inventé el water-dumb-cubing-step.

Este tipo de ejercicio (voy a contártelo, amigo Benjamín) consiste en subirte con un cubo de fregona a una escalerita de tres peldaños, colocar el cubo sobre tus hombros e ir llenándolo del agua de la cuba del termo eléctrico, bajar la escalerita con el cubo lleno de agua, volcarlo en el fregadero y repetir los movimientos hasta que el termo esté vacío.

Gracias al water-dumb-cubing-step conseguí, además de unos brazos fuertes y unos glúteos redondeados, sacar las varillas que calientan el agua y comprobé, en opinión de mi ojo experto, que todo estaba bien. Así que cerré la cuba, apretando esos nueve tornillos del infierno con herramientas de dudosa calidad, y volví a llenarlo.

Para mi sorpresa la maniobra de vaciado y llenado aleatorio, por sí misma, no había servido. El termo seguía sin funcionar. Decidí que era hora de emprender el plan B.

El plan B consistía en repetir los ejercicios del water-dumb-cubing-step, pero esta vez ir luego a una ferretería con las varillas que yo llamo “calefactoras” y comprar unas nuevas en mi creencia de que lo que pasaba era que se habían gastado. La conclusión a la que llegué fue una simple observación visual que, por otro lado, me indicaba que las varillas se encontraban en perfecto estado. Pero pensar que todo estaba bien cuando era EVIDENTE que el termo no calentaba nuestra agua cuando íbamos a ducharnos me llevaba a aceptar, de forma inequívoca, que lo que yo sabía era lo que estaba provocando el problema. Y yo sabía que esas barras calentaban el agua, y si no estaba caliente el agua es que no estaban funcionando. El resto de componentes del termo eléctrico, como desconocía su uso, para mí no existían. No había marcha atrás. Eso era así.

Compré las barras y las sustituí tras algunos nuevos ejercicios de contorsionismo. Al llenar de agua y conectar el termo de nuevo a la red eléctrica fue RARO comprobar que reemplazar algo por otra cosa sin saber si la cosa sustituida está averiada tampoco daba resultados.

Mi paciencia y habilidades estaban siendo desafiadas por elementos que escapaban a mi comprensión. Quizá el hecho de que no soy ELECTRICISTA y de que, para colmo, no tenía las herramientas adecuadas para comprobar NADA era la clave de todo. Pero me negaba como buen humano obcecado y orgulloso. Era un reto que debía superar. Hacía sol. La temperatura era agradable, mis gatos dormían, había limpiado la casa y había sacado un potaje del congelador. ¿Qué otra cosa tenía que hacer? Demonios, arreglar un termo eléctrico era un plan perfecto.

Pero, ante la posibilidad de volver a los ejercicios del water-dumb-cubing-step sin tener muy claro para qué, bajé la tapa con los cables, toqueteé el termostato, le di algunas vueltas a un tornillo y, et voilá!, sucedió el mila… Quiero decir, conseguí reparar el termo eléctrico demostrando que era completamente capaz de hacerlo. Había vencido. El ser humano estaba por encima de todas las cosas. Humano 1- Termo eléctrico 0. Era el MEJOR.

Todo esto tiene un final A feliz. Desde entonces, tenemos agua caliente en los intervalos programados para ello con un temporizador para ahorro y asueto nuestro, contribuyendo al equilibrio ecológico del planeta y adaptándonos cómodamente, sobre todo Encarni, a esos ciclos de agua caliente, agua fría a lo largo del día y de la noche. No sé si lo que funcionó fue el reemplazo de las varillas o mover ese tornillo. Pero funciona. Es lo importante. Vuelvo a sentir la grandeza de aquel momento.

Pero ese día, también, comenzó mi final B no feliz. Comenzó mi verdadera Odisea Ciática.

La pequeña molestia que empezó a irradiar hasta la planta del pie a partir del día siguiente de mi lucha con el termo eléctrico fue completamente ignorada. Salía a caminar como de costumbre pero, sobre todo, me volqué de lleno en pasar horas sentado con la idea de finalizar esa recopilación de relatos, afinando también algunas cosas de mi estilo y experimentando con otras cosas.

Fui a Badalona, lo que añadió cinco horas sentado en un relativamente cómodo asiento del AVE, y pasé unos días con la familia y los amigos que pude ver y reencontrar tomando algunas pastillas para la inflamación sin ningún tipo de regularidad, a mi antojo posológico.

A mi regreso de Badalona (tras otras cinco horas de viaje, por fortuna, en un asiento un poco más cómodo que en el viaje de ida), Encarni y yo fuimos a Cádiz a pasar unos días en Semana Santa en el RTL de La Línea. Montamos en bicicleta, paseamos con unos amigos por Gibraltar, visitamos pueblos preciosos. Yo ya comenzaba a sentir que la cosa iba cada vez peor.

Añadí a las pastillas algunas cremas y llegué a coleccionar varios potingues: Radiosalil, Voltadol Forte, Radian, bálsamo oriental rojo del Tigre y bálsamo oriental (a secas) del Mercadona. Me los fui poniendo un poco al antojo repartiéndolo por distintas zonas estratégicas de mi espalda y pierna izquierda, a razón de mis expertos conocimientos médicos comparables con los de electricidad.

Mientras tanto, tomaba antiinflamatorios sin que en la ecuación entrara la posibilidad de descansar o pasar menos horas sentado o, incluso, ir a un MÉDICO. Finalmente, mi cuerpo (o mi mente) dijo que ya era suficiente.

Mi médico, ese hombre viejo con flequillo blanco y voz ronca, podría pasar consulta en un callejón oscuro vestido con una gabardina. Le dije lo que me dolía y él me dio drogas: más o menos lo que hacen los dealers en cualquier ciudad respetable. Yurelax, Nolotil y Metamizol aderezado con Pepticum sólo sirvieron para que mis horas sentado escribiendo transcurrieran en un sueño narcoléptico suave, en unas nieblas inquietas y febriles. En ocasiones, eso sí, me quedaba seco tumbado boca abajo en diferentes lugares de la casa.

El tratamiento de mi dealer había de prolongarse dos meses. A la semana siguiente, mientras los dolores agudos continuaban, decidí cambiar de médico.

El siguiente médico de la S.S. optó por drogarme con algo un poco más fuerte. Añadí a mi abultada farmacopea Voltarén Retard con su respectivo protector estomacal y el médico convino en que un poco de Yurelax no me vendría nada mal por las noches y que podía seguir tomándolo. Me dio una semana para que la cosa mejorara o pasaría a la “siguiente fase”. La esperanza de esa “siguiente fase” hizo que viera a mi médico con nuevos ojos. Salí de la consulta con renovadas esperanzas.

Ya por entonces empecé a pensar un poco y a darme cuenta de que, tal vez, pasar tanto tiempo sentado no me estaba haciendo nada bien. Supongo que tuvieron que transcurrir casi TRES MESES y momentos en que el dolor me paralizaba por completo para llegar a esa conclusión. Estaba obsesionado con escribir y terminar mis relatos. Nada podía pararme. Me equivoqué.

En el intervalo de tiempo había hecho otras cosas que también me estaban perjudicando y supongo que pensaba que dedicar unas cinco horas de media a machacar mi zona baja lumbar y seguir comprimiendo mi ya maltrecho nervio ciático era algo secundario. Pero tuve que desistir. Comencé a no sentarme. Aunque seguí escribiendo y corrigiendo, lo hice tumbado boca abajo, a veces sentado en una bola de esas hinchables que se usan en el yoga, otras en un combo de estructuras que no me ayudaron mucho.

Pero como el dolor persistía, hace dos semanas acudí a la consulta en busca de mi “siguiente fase”. Mi médico me recetó Inzitan que, por cierto, no se encuentra dentro de los médicos financiados por la S.S.

Así se han ido sucediendo las seis inyecciones de un combinado de corticoides y vitaminas en diferentes zonas de mi redondeado glúteo. Y ahora, al fin, puedo decir que estoy bastante mejor.

La zona lumbar de mi espalda, que estaba muy inflamada, ha recuperado la forma correcta. Te estoy escribiendo esta carta, sin embargo, de pie. He decidido que durante unas semanas haré todo lo posible para que mi culo permanezca en el aire, intacto a cualquier dureza que pueda causarle alguna molestia.

Fin.

En este tiempo, he conseguido seleccionar y corregir unos textos que creo han conformado una recopilación decente y significativa de mi evolución como escritor y ahora estoy comenzando a enviarla a distintas editoriales. “Autotomía” fue revisada, como ya te he comentado, y ha sufrido algún pequeño cambio. Espero que pueda hablar con mucha más calma y perspectiva del proceso cuando concluya. No quiero hablar de nada que, sinceramente, todavía puede no ocurrir. No hay nada en el horizonte que indique que algo pueda ir mal, pero prefiero guardarme alegrías para cuando empiece todo a rodar como debe.

Lo que quería decirte tras todo este largo relato es que casi puedo decir que lo peor de mi Odisea Ciática ha quedado atrás y, curiosamente, ha coincidido con acabar algunas cosas que tenía planeadas, y desde hace unos días me encuentro en un momento en que casi me veo obligado a mirar atrás y valorar qué he logrado en este tiempo.

La verdad es que si he plantado alguna semilla no sabré si florece y qué florece de ella hasta dentro de unos meses. Tanto mi nueva recopilación como “Autotomía” tienen que rodar. Por una parte en la valoración de las editoriales para una posible edición y, por otra, para la venta y opinión de los lectores de mi trabajo.

Pero he pensado y sigo pensando, sí…

He hecho cursos, he conocido a escritores de todo tipo, a editores, a directores de renombre y miembros de la RAE, a guionistas de éxito; he publicado en revistas digitales y en papel, algunos de mis relatos aparecen en libros editados por editoriales locales o por ayuntamientos; he quedado finalista en algunos certamenes literarios y, sobre todo, firmé mi primer contrato editorial a los dos años de haber emprendido esta aventura. He conocido también a Guillermo Busutil y a Álvaro Pombo pero, desgraciadamente, mis dolores de espalda me han impedido estar en presentaciones de libros en los últimos meses que seguro me habrían aportado muchas cosas interesantes y buenos contactos.

Pero ¿qué queda de todo esto?

En lo material está claro que nada. En cuanto a la experiencia adquirida, es verdad, creo que es mucha. Pero me encuentro casi al principio en esto de escribir y, aunque hay diferencias, yo casi me siento como en aquel septiembre de 2013 en que me quedé en paro. Eso significa que tengo las mismas inquietudes, las mismas dudas y las mismas ganas de seguir probando. Pero también que es posible que dentro de unos meses mi esfuerzo empiece a, por lo menos, diversificarse. Todavía planeo algún tirón fuerte más. Quiero poner en práctica lo que se supone he aprendido en estos más de dos años y medio con una nueva novela. Casi puede decirse que es un experimento. Quiero, además, escribirla en un tiempo récord. No voy a hablar mucho de ella y, lo más probable, siga bastante desconectado de mi blog y, algo menos, de las redes. Pero quiero probar suerte antes de que (si todo va bien) un empleo llame a mi puerta y tenga que dejar de lado esto de escribir o, por lo menos, no dedique tantas horas a ello.

No sé qué puede sucederle en estos meses a esas semillitas que he plantado. Está claro que si hubiera tenido la oportunidad de trabajar en algo normal durante estos años lo habría hecho y ahora no estaría pensando en eso. No estoy en casa porque esté empeñado ciegamente en alcanzar un sueño. Sé que escribir es un oficio más. Me he visto arrastrado a ello, y mi pareja y yo hemos hecho una apuesta. Ella cree en mis posiblidades y decidimos que se daban las condiciones (en cierta forma obligados por la crisis y el estado del mercado laboral) para probar suerte. Sin ella, yo no hubiera podido dedicarle tanto esfuerzo y tiempo a escribir, ni a pensar, ni a leer. Todo lo que he aprendido se lo debo a ella. Y si alguna vez consigo algo, será gracias a ella.

Y en ese sentido no puedo sentirme mal. Han pasado por mis manos (y siguen pasando) manuales que he leído y analizado con interés (tal vez no todo lo que debería, pero sí lo suficiente). He leído a autores y he buscado en ellos al escritor que quería ser. Sigo conociéndome, pero he conseguido afinar mucho y ahora mi rendimiento espero que sea mucho mayor del que fue en el pasado. Ahora, en estos meses, me probaré una vez más. Y, mientras algunas cosas salen o no salen, mientras la suerte llama o no llama, veremos qué resulta de todo esto.

Para mí esta carta es un nuevo principio. Es una carta rara. Lo sé. Supongo que no era necesario contarte tan largo y tendido mi Odisea Ciática. Pero ha sido algo gordo y, como digo, me estoy recuperando al final de esta “etapa de escritor”. Probablemente con el tiempo olvidaré lo mal que lo he pasado, así que el hecho de que quede constancia en este blog espero que evite que, otra vez, me crea capaz de arreglar cosas que están fuera de mis capacidades y, desde luego, hacer según qué “ejercicios gimnásticos” es MALO.

Casi coincidimos en nuestras impresiones, ¿no? Por lo menos es lo que sentí al leer tu anterior carta. Tú has cambiado el aspecto del blog coincidiendo con una serie de decisiones que has tomado a la hora de afrontar este camino tan loco. Parece que nos hemos puesto de acuerdo. Como ya te dije hace tiempo, espero que pronto podamos vernos y charlar de forma tranquila, valorar lo que hemos conseguido y pensar en hacia dónde vamos y lo que esperamos de ese futuro. No será muy diferente de estas cartas, pero por lo menos tendremos un refresco o una cerveza delante, y a lo mejor algo de picar. Espero que haga buen tiempo. Y si puede ser como complemento a un sendero por alguno de esos lugares maravillosos que conoces. Ojalá entonces nos contemos muchas cosas muy buenas y que las ganas que tenemos y la ilusión no se hayan perdido. Ocurra lo que ocurra al final hay que pensar que todo ha merecido la pena.

¡Hasta la próxima! Seguro que nos vemos muy pronto en persona. ¡A seguir!

Toni.-

 

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6 comentarios en “Miércoles, 18 de mayo: Odisea Ciática, finales y principios

  1. He disfrutado con la lectura, el principio muy divertido ese lampista/electricista tan profesional con un sorprendente final exitoso y la segunda parte ya tocaba el tema que también a mí me escuece. Muy bien, Toni de la Autotomia.

    1. Me alegro de que te haya gustado. Ojalá dentro de unos meses pueda decir que estoy recuperado del todo. En fin, lo de la segunda parte y lo difícil que es conseguir algo en esto de las letras, ya lo sabemos todos. Pero es algo que intentamos aun. Merece la pena, de cualquier forma. Los que amamos las letras no tenemos remedio. Un abrazo.

  2. Reblogueó esto en la recachay comentado:
    Ahora ya sé por qué Toni Cifuentes llevaba tanto tiempo en silencio. Leed su espeluznante relato médico mezclado con generosas dosis “Pepegoteraotilianas” y un chorrito de tribulaciones literarias, y os invadirá la empatía.
    Cuídate esa espalda, colega.

  3. Deberías escribir un relato de terror, con ese estilo tan personal y adictivo que tienes, sobre tu odisea ciática/lampista. Necesitaría pocos retoques respecto a lo que has expuesto aquí. Jajaja…
    Espero que ya estés mejor de tus dolores y que no reaparezcan. Toca cuidarse.
    Yo estoy convencido de que todas esas semillas que has ido plantando van a germinar pronto. De hecho, ya lo están haciendo. Puedes estar muy satisfecho de lo andado, aunque, como dices, en lo material por ahora haya quedado poca cosa. Todo llegará.
    Sobra decir lo difícil que es destacar en este mundo que hemos escogido. Lo sabíamos antes de empezar, y ahora lo sabemos más. Y sin embargo, aquí estamos, porfiando, desplegando toda la cabezonería de la que un ser humano es capaz, empeñados en asomar la cabeza.
    Yo sigo pensando que lo conseguiremos. La verdad es que ya lo hemos hecho. Hemos hablado largamente sobre ello, sobre el éxito, sobre la manera de conseguir que te lean, sobre la mejor vía para publicar… Lo que sé es que hace tres años yo no tenía un solo lector, y ahora puedo presumir de haber acumulado algunos centenares, quién sabe si miles.
    Como dices, seguimos estando al principio del camino, por eso (y mientras nuestras santas compañeras lo soporten), y teniendo en cuenta lo andado, no queda otra que mirar adelante con optimismo y con la firme voluntad de disfrutar del paseo.
    ¡Un abrazo!

    1. Gracias por lo de adictivo. Sólo necesito unos cinco mil lectores que se enganchen a mis escritos y creo que iré por buen camino… Cinco mil no son muchos. Sólo cinco mil que compren mis futuros libros y me sean fieles. ¿Es tanto pedir?
      Ya en serio, no sé qué pasará, la verdad. Me he ilusionado muchas veces con muchos proyectos. No sé si te he hablado alguna vez. Contactos con gente de la televisión, del cine, de revistas, cosas que parecían serias y luego se iba todo al carajo. He ido creándome una especie de costra dura e impermeable. Prefiero esperar e, incluso, ver qué sucede después. Ya veremos y, por supuesto, te lo contaré.
      Tú has logrado mucho y yo también a mi manera. Cada uno hemos conseguido cosas, creo que tú más porque te has tirado a la piscina de forma valiente y has optado por la autopublicación en papel con todo lo que eso implica. Además, mantienes el blog y te mueves mucho por las redes. Yo ya he dicho muchas veces que me veo incapaz. Sólo respondiendo tus mensajes y leyendo tu blog ya llevo más de una hora y pico aquí sentado… con mi consecuente dolor de ciática. Ahora encima se añade eso. Pero me gusta hablar contigo, nos entendemos muy bien y no quiero perder este contacto.
      Estamos al principio, sí, pero me gustaría sentir que siempre será así. Que por mucho que uno pueda llegar a lograr, se mantenga la ilusión y la humildad. Y gracias por los buenos deseos por mi salud. Sigo ahí, tengo para rato… Me conformo con andar como un ser humano más o menos normal y hasta con montar en bici sin sentir que tengo las mandíbulas de un perro royéndome la pierna. 😛 ¡Un abrazo!

      1. ¡Jajaja! Mientras no sea aquel perro tan simpático del relato que incluiste en ‘Autotomía’…
        Te entiendo perfectamente. Lo de las redes sociales es imprescindible, pero a veces me cuesta. De hecho, cada vez leo menos blogs, y me sabe mal, pero es que no doy para más.
        A mí también me gusta conversar contigo. Nos veo en unos años, compartiendo cervezas o un buen vino, contándonos nuestras batallitas con agentes literarios pesados y editoriales que se pelean por nuestros manuscritos… Jejeje. Estaría bien, ¿verdad?
        ¡Un abrazo!

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