María y Petronia (fragmento)

Pronto hay un concurso cerca de mi ciudad. Está abierto para quienes viven en Málaga, aunque es de un pueblo del interior: Archidona. En este concurso, en la edición número XI, me concedieron mi primer premio, que fue un tercero y que me hizo mucha ilusión. Ésa fue la primera vez que recibí algo de dinero por algo escrito por mí: 150 euros, con los que pagué gran parte del pequeño portátil (estaba en liquidación) en el que suelo escribir y estoy escribiendo ahora. El año pasado, no sé por qué, no envié nada. Creo que se me pasó la fecha. Pero este año he estado atento y voy a presentar, si mi pareja no me dice lo contrario, un pequeño cuento costumbrista de siete páginas. Dos hermanas muy ancianas, María y Petronia, van a presentarse a un concurso de verduras y hablan de sus cosas.

Como es demasiado largo, pongo nada más el principio (además, ante el hecho de que tiene que ser inédito y no publicado para poder presentarse, no quiero meter la pata). Ahí va:

En el pueblo de Luciérnagas de los Alcornocales el alcalde dio inicio, con algo de pompa y un aburrido discurso, al “I Concurso de Vegetales Gigantescos Pueblo de Luciérnagas de los Alcornocales dos mil (y lo que venga)”. Las voces que animaban a participar llegaron de puerta en puerta como el olor de una cazuela de judías, el sonido de los gallos al amanecer o el repicar de campanas de la iglesia de San Pancracio.

Las hermanas María y Petronia Ciempasas se sonrieron cuando supieron que el primer premio consistiría en seis mil euros, un queso y un jamón. Ni tan siquiera se interesaron por saber cuáles eran el segundo y el tercero, o el accésit, ya que estaban muy seguras de ganar; y cualquiera del pueblo a quien se le preguntase habría dicho que las tenían todas consigo. Tenían un huerto heredado de sus padres en unos bancales envidiados por su microclima y lo fértil de su arcillosa tierra, y allí (aun a su edad) seguían plantando cebollas, patatas, tomates y un buen puñado de distintas verduras para su consumo y para vender a buen precio a quien se acercara.

María y Petronía sabían de sus posibilidades y que apenas nadie podría hacerles sombra, así que charlaban de forma natural de lo que iba a suceder cuando el alcalde les entregara el cheque, el queso y el jamón.

–El jamón y el queso está claro que nos lo comemos. Pero ¿qué haremos con todo ese dinero?

Petronia preguntaba a su hermana, como siempre solía hacer, dándose primero un golpecito en la barbilla y apretándose la nariz. Era la menor de las dos. Tenía ochenta y dos años y su hermana María, ochenta y ocho. Ambas llevaban muy bien sus respectivas artrosis, tortícolis, dolores de hernia, su visión borrosa y sus despistes de media tarde. En las noches de invierno, dormían siempre juntas para darse calor, y cuando arrancaban los rayos de un nuevo amanecer, Petronia solía buscar la mano de su hermana y le decía:

–María, ¿estás viva?

A lo que su hermana, hasta la fecha, solía responder (lo que para Petronia era toda una bendición):

–¿Y tú?

Pasado el invierno, el resto de las estaciones se hacían más cómodas y las vivían con la lentitud y el deleite que sólo permite haber sobrepasado la media de edad en el continente europeo. Para ellas era como una bendición que Dios les había dado y la aprovechaban de la mejor manera posible.

No estaba escrito en ningún lugar, pero Petronia preguntaba la primera porque su hermana era la mayor y, por tanto, era de quien debía aprender o, por lo menos, concederle la duda de la sapiencia (aun cuando muchas veces ella supiera que sabía más que su hermana, no se lo decía por respeto). Casi siempre salían juntas y muchas veces, cogidas de la mano, caminaban a la par. Vestían siempre de negro, en duelo y respeto por la muerte de sus padres, aunque algunos del pueblo decían que era porque ese color las hacía parecer menos gordas. Tampoco les faltaba razón. Los padres habían muerto treinta años atrás y se habían acostumbrado a las ropas de siempre, que ya se acoplaban a su cuerpo como la arena al reloj en el que está metida. No se les conocía ningún novio. Pero María había tenido uno cuando sus lozanos diecisiete y hasta le había dado un beso a escondidas junto a la ventana del corral. Aquello sucedió minutos antes de que su padre persiguiera al muchacho con la escopeta con la que salía a cazar jabalís. María soñaba con aquel chico pelirrojo y de nariz pequeña que había llegado de la ciudad vendiendo colchones casi cada noche. Pensaba en cómo podía haber sido su vida si se hubiera desposado con aquel mozo de ciudad. Se ponía nostálgica y su hermana le preguntaba, y ella le contaba lo que sentía y Petronia vivía esa vida a través de su hermana. Luego la soñaba y la contaba a las flores de sus parterres cuando iba a regar, como si esa vida hubiera sido suya solamente.

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4 comentarios en “María y Petronia (fragmento)

  1. Si no te dan el primer premio (porque para qué preguntar por el segundo o el accésit) me veré obligado a leer el ganador, con muchas posibilidades de que la lectura alimente mi indignación. Un abrazo!

    1. El año que quedé tercero no me lo esperaba. Y este año no le daré más vueltas. Sería una buena noticia, por supuesto, llevarme algo. De todas formas, no creo que sea carne de concurso porque la mayoría limitan la extensión a 10 páginas y me cuesta muchísimo escribir cosas tan cortas. Pero hay que probar. A ver qué tal sale. ¡Un abrazo!

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