La voz atrapada (cuento corto)

Enrique fue a la ciudad. Compras. Una visita a un amigo al que hacía muchos años que no veía y con el que almorzó. Se despidió, siguió comprando y cenó en un restaurante en el centro. Para terminar el día, decidió ir a ver la última película de su director favorito. Aquella mañana había aparcado en el garaje de siempre. Acostumbraba a dejar el coche allí porque le resultaba cómodo. No le gustaba callejear, y aunque estuviera lejos de las tiendas y el centro comercial, prefería caminar y detenerse en los escaparates y observar a la gente librándose del estrés del tráfico.

El garaje había tenido a un trabajador bajito de nariz aplastada y bigote cano que solía quedarse dormido con las piernas sobre el teclado del ordenador. Se llamaba Ramón y tenía un carácter particular. Le daba un encanto especial a un simple aparcamiento. Abría la barrera, saludaba a todo el mundo y preguntaba qué tal iban las cosas como si conociera a cada uno de los conductores que pasaban por allí. Ramón te aconsejaba el mejor lugar para dejar tu vehículo. Allí al fondo, ¿lo ve? En ese sitio puede salir a la primera si luego toma la salida hacia Montoya. Cuando uno volvía, se encontraba la luna delantera reluciente y una tarjeta de agradecimiento que hacía que encontrárselo sentado y medio dormido dentro de la cabina de cristal con un hilillo de baba en el hombro izquierdo se convirtiera en una despedida entre amigos. Pero Ramón  había dejado de trabajar allí. Enrique no lo encontró aquella vez cuando visitó la ciudad. En su lugar, una nueva máquina que pedía el tique con voz de mujer y que accionaba el elevador de la barrera. Se había perdido todo el encanto y, por supuesto, el contacto humano. Pero además: ¿y si la máquina fallaba y no expedía el tique correctamente? ¿Y si se alzaba la barrera y bajaba de repente abollando el coche? Era verdad que había sensores, pero ¿acaso no podían fallar? Eran máquinas. Eran irracionales. Estaban programadas para hacer una y otra vez una misma cosa, pero no para reaccionar ante imprevistos. Una persona puede ayudarte, te pregunta qué tal estás y hasta te limpia los cristales. Pero una máquina…

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Foto de Justin Brown

Aquella vez, después de tanto tiempo sin ir a la ciudad, Enrique no podría contarle a Ramón que se había comprado tres camisas, dos pantalones, un sombrero que le había llamado la atención (y que probablemente no se pondría nunca) y dos sartenes. Le hubiera contado qué tal había estado la comida con su amigo y luego su solitaria cena en el restaurante céntrico. Le contaría la película. Le diría que Kamuri era el mejor director del mundo. Tal vez le hablaría de Laura. Pero no iba a ser así. Enrique entró en el aparcamiento y sus pasos hicieron eco en las paredes ennegrecidas. Nadie le dio la bienvenida. Los ronquidos del viejo Ramón al otro lado de la mampara habían desaparecido. Tal vez debería cambiar de aparcamiento, pensó, y se preguntó si habría todavía alguno en donde hubiera gente amable trabajando. El progreso lo había cambiado todo.

No recordaba cuál era su plaza de aparcamiento y dio varias vueltas hasta que encontró su viejo Seat solitario en medio del cemento y las líneas pintadas de amarillo. Antes había pasado por la taquilla automática. Había introducido el tique que otra máquina le había expedido doce horas antes. Al momento había aparecido el importe que, como siempre, era excesivo, abusivo, un atraco a mano armada. Metió las monedas y luego recogió el tique con la banda magnética modificada para que la barrera se levantara y pudiera regresar a casa. Se metió dentro del coche, y al cabo de unos segundos estaba detenido con la ventanilla bajada frente a un impersonal altavoz con algunos botones y una ranura. La máquina, con su voz de mujer, dijo:

–Introduzca su tique, por favor.

–Qué diferente todo, ¿verdad? –dijo Enrique.

Se daba cuenta de que no tenía prisa. Todavía no tenía sueño y no tenía demasiadas ganas de llegar a casa para encontrarse las luces apagadas. Laura ya no estaba. No había nadie esperándole.

–¿Cómo te ha ido el día? –preguntó al altavoz–. Es una noche un poco más fría que las demás. Hoy he hecho muchas cosas. Esta ciudad me gusta, pero hacía tiempo que no venía. Me trae muchos recuerdos, ¿sabes? He tenido suerte de que no llueva. He visto a un hombre con una rata subida a su sombrero que tocaba el clarinete. Le he dado dos euros. Ha sido curioso. La rata parecía bailar mientras él tocaba. ¿Es posible? Creo que las ratas no aprenden trucos, ¿no? Por cierto, tienes una voz bonita.

El silencio. Enrique suspiró. Buscó el tique que estaba seguro acababa de colocar en la guantera, pero que parecía haber desaparecido en algún portal dimensional. Finalmente lo encontró, y justo cuando iba a introducirlo, la máquina habló:

–Ayúdame.

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3 comentarios en “La voz atrapada (cuento corto)

  1. Muy bueno! Qué angustioso imaginar a la mujer encerrada y condenada a repetir una y otra vez la misma frasecita. Me has recordado un episodio de una serie de TV, tipo ‘La hora de Alfred Hitchcock’, pero era otra, no sé si ‘La dimensió desconeguda’. No lo recuerdo bien, pero lo que sí recuerdo es la angustia que me dejó aquella familia atrapada en su apartamento, del que era incapaz de salir y cuyos miembros se van dando cuenta, aterrados, de que no recuerdan su pasado. De repente, empieza a hacer un calor insoportable que lo va derritiendo todo poco a poco… Era una familia de muñecos atrapados en un microondas.
    Un abrazo!

    1. Es verdad. Recuerdo ese capítulo. Las ideas no sabe uno de dónde salen y Hitchcock dejó profunda huella en mi psique infantil. Algo habrá…
      Iba a ser una historia más desarrollada, pero releyéndola un día me di cuenta de que tal y como la dejé podía ser interesante. Es una historia menor, pero me apetecía publicarla aquí ya que no saldrá en ninguna recopilación. No es que publique en mi propio blog lo peor que escribo, pero soy consciente de que a veces desbarro mucho como bien has visto en Autotomía y hay cosas que es mejor no sacar a la luz. Ésta no está del todo mal, pero tengo que confesarte que la historia original ocupaba tres páginas. Es decir, eliminé una página completa para que fuera, digamos, más digerible. Sigo leyéndote, por cierto. Me estoy haciendo coleguilla de Pau. 😀

      1. Insisto: ¿por qué no te unes a Salto al reverso? A los seguidores del blog les encantarían relatos como éste.
        Me alegro de que estéis haciendo buenas migas. 😉

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