Octava entrada

La mayoría de las ideas que se me ocurren para lo que escribo son ideas que probablemente ninguna persona cuerda anotaría en una libreta de anillas o grabaría en su móvil como una nota de voz. Cosas como: “Una historia de un tipo que lleva a otro en un coche durante muchos kilómetros” parece que no tiene mucho donde rascar. Pues resulta que yo anoto algunas de esas cosas absurdas. En este momento estoy empezando a darle vueltas a la frase entrecomillada de antes. De hecho, está anotada y la escribiré.

No tengo ideas constantemente. Tengo rachas, eso sí. Puedo pasarme meses sin que añada ninguna idea para un relato y, normalmente, si en un día se me ocurre alguna cosa, aparecen otras ideas cogidas de la mano. A lo mejor no les importa, pero se trata de rellenar un poco hasta la fecha en que publique de forma gratuita la recopilación de Autotomía.

La cuestión es que yo anoto esas tonterías y me entretengo en tirar de la goma. Suelo escribir un párrafo de unas veinte o treinta líneas en mi ordenador con la idea más desarrollada y la dejo en espera de que me ponga con ella algún día. A día de hoy tengo cerca de cuarenta que considero que son potencialmente buenas para que salga una historia decente, no sé si un relato más o menos largo o esa novela que me gustaría tanto escribir. Además tengo una docena más o menos escritas, algunas las terminaré y otras seguramente no. Ya se verá.

En otras ocasiones suelo leer noticias que son historias de terror de por sí. Y las guardo. Desgraciadamente el mundo está lleno de sucesos horribles. No las puedo guardar todas y tampoco quiero ni tendría ningún sentido. No puedo dejar escapar la ocasión de profundizar algo más en alguno de esos sucesos y, si es posible, llevarlo todavía más al extremo intentando alejarlo de esa realidad. Lo que escribo pretende alejar al lector de lo que está ahí afuera, que es mucho peor. No se trata de una morbosidad gratuita, pero no quiero venderle a nadie que esto es una reflexión de la condición humana más cruenta. Ojalá las historias de terror solamente estuvieran en los libros y el mundo fuera un lugar precioso donde la humanidad buscara un horizonte común de paz, amor y cerveza gratis. Pero vivimos en un mundo muchas veces repugnante. Cuando me dicen que hay que pensar en lo bellas que son las montañas, el mar, las nubes, las plantas y los animalitos, se me ocurre decir que esa observación es la prueba evidente de que el problema es el ser humano. Estas historias son de seres humanos. Aunque alguna cosa rara sale también. Pero al final, esos seres, por muy deformes que sean, también son personas. La belleza del mundo potencia su horror. Aunque puede que en alguna historia meta alguna ardilla mutante. Solamente por probar a ver qué tal. Luego la tiraré a la basura.

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